Las obras de poder en una cultura escéptica

A propósito de Iglesia del Siglo 21

Parte 10 - [8 de febrero 2009] Las Escrituras resaltan una y otra vez el cambio radical que se debe dar en la vida del hombre o la mujer que tiene un encuentro frontal con el Cristo resucitado. II Corintios 5:17 declara: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. En I Corintios 6:9-11 el apóstol Pablo alude al cambio de vida dramático que se ha dado en muchos de los creyentes de Corinto: “No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”.

El catálogo de pecados que elabora Pablo en ese texto es exhaustivo y específico. Está diseñado tanto para advertir como para celebrar. No sólo le advierte a los creyentes que hay ciertos comportamientos que pueden llevar a un individuo a la perdición, sino que a la misma vez celebra la obra transformadora que Dios ha llevado a cabo en sus vidas por medio de Jesucristo. Se da por sentado que una comunidad donde habita el Espíritu de Jesús será por definición una comunidad restauradora, un canal para la restauración de vidas.

Por esa razón, el género del testimonio juega un papel prominente en la adoración evangélica hispana. Esos momentos durante el servicio en que los feligreses de una congregación relatan sus experiencias personales de transformación e intervención divina sirven para renovar la conciencia de lo divino y maravilloso en medio de lo cotidiano. Además, demuestra al mundo y a los creyentes que Dios se está moviendo en medio de una congregación, y que ésta goza de su aprobación y respaldo. Cada vida transformada, liberada o sanada declara al mundo que la palabra de Dios está viva en medio de Su pueblo, y que el Cristo resucitado aprueba con su presencia y actos poderosos la vida de una congregación o un individuo. Esos hechos transformadores son más elocuentes y convincentes que cualquier argumento teológico o filosófico que esa comunidad o ese pastor pueda ofrecer a la consideración de los escépticos.

En Juan 9:24 y 25 los fariseos tratan de intimidar a un ciego sanado por Jesús y obligarlo a declarar que su sanidad no viene de Dios. “Da gloria a Dios”, le dicen. “Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. El ciego, que todavía no tiene la menor idea del carácter mesiánico o divino de Jesús, responde con la teología sencilla pero profunda e irrefutable del hombre común: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. En otras palabras, la maravillosa sanidad que él ha recibido es más poderosa que cualquier argumento intelectual que los opositores quieran plantar en su mente en contra del ministerio de Jesús. Esa obra transformadora que ha experimentado el ciego es innegable, y lo prepara para luego entender y recibir a Cristo correctamente en términos teológicos. Cuando el Señor lo encuentra más adelante, habiéndose enterado de que lo han expulsado de la sinagoga, se presenta ante él abiertamente como el Hijo de Dios. Inmediatamente, el hombre lo acepta como tal y lo adora (Jn 9:35-38). La experiencia transformadora ha precedido a la comprensión teológica.

Interesantemente, los milagros y transformaciones que se dan en una comunidad cristiana son un arma de doble filo. Por una parte, afirman la fe de los creyentes y convencen a los de corazón sincero del señorío de Jesús. Pero por otra, sirven para endurecer y condenar a los que como los fariseos se empeñan en no creer. Por eso el Señor añade, misteriosamente: “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados” (Jn 9:39). Las obras transformadoras del Espíritu poseen vida propia, no pueden ser ignoradas, y sus efectos no pueden ser eludidos. Son una fuerza benévola para el indagador sincero, pero un elemento de muerte para el que se empecina en resistirlas.

La gente de León de Judá se deleita continuamente en testificar de las transformaciones, provisiones, revelaciones y resurrecciones que Dios ha hecho en sus vidas. Este es su pan de cada día, y es una de sus formas más efectivas para llevar a cabo la obra de evangelizar a otros. Una comunidad donde el poder de Dios está continuamente transformando vidas como la de Manuel Uriarte es tremendamente contagiosa. Su vitalidad y entusiasmo se siente fácilmente, y generalmente impacta al extranjero que llega al culto con el corazón abierto para escuchar la voz de Dios. Por esta razón, una iglesia que quiera ser efectiva en el evangelismo, y que quiera atraer a los inconversos tendrá por fuerza que cultivar el poder de Dios y la presencia activa del Espíritu Santo. No se puede prescindir de los dones del Espíritu si se quiere evangelizar efectivamente en medio de una cultura profundamente secularizada y resistente al evangelio.

LA IGLESIA EN UNA CULTURA ESCÉPTICA

Como hemos visto, la Iglesia hispana en Estados Unidos habita y se mueve en medio de una sociedad profundamente deformada y resistente a la Palabra de Dios. Esa Iglesia requiere un instrumento más poderoso que la mera enseñanza moral o doctrinal para confrontar exitosamente los retos que le plantea la condición actual del hombre contemporáneo. La mente moderna, como los muros de Jericó, está “cerrada, bien cerrada”. Las verdades espirituales de la Palabra de Dios no penetran fácilmente en una sensibilidad endurecida por la razón y distorsionada por su creciente alejamiento del Creador. Los retos del ministerio en una sociedad profundamente quebrantada como esta son mucho mayores que en cualquier otra época de la historia.

La misma tecnología que le depara a las personas modernas su deslumbrante estilo de vida, simultáneamente lo quema y deforma por dentro: El Internet frecuentemente lo atrapa con las garras de la pornografía y el exceso de información disponible veinticuatro horas al día. El correo electrónico lo mantiene en perpetuo estado de desasosiego, siempre atrasado, atado a una comunidad numerosa y diversa que puede penetrar su privacidad a cualquier hora y exigir una respuesta a cada una de sus inquisiciones. Los celulares le facilitan la comunicación con sus seres queridos, pero de igual manera hacen que siempre cargue al mundo consigo, perpetuamente accesible al afán y las demandas de la vida.

Los jóvenes se aíslan dentro de su propia sub-cultura por medio de los i-pods, los mensajes de texto y los juegos de video, alejándose cada vez más de la relativa protección y el enriquecimiento personal que les ofrecería el diálogo y el roce con sus mayores. Los avances en la informática, en los procesos de producción y planificación han hecho posibles salarios exorbitantes para los que trabajan en las principales profesiones, pero de igual manera han dado lugar a una masa de gente neurótica y enajenada, esclavizada por la institución que ha comprado su tiempo y su alma, separada de su verdadera naturaleza espiritual y agotada física y emocionalmente.

La cultura moderna como ninguna otra en la historia ha sido capacitada por medio de la razón y los avances científicos para resistir la voz de Dios y sus reclamos de señorío. La mujer y el hombre modernos poseen una capacidad crítica sin precedentes, la cual les permite mantener a raya indefinidamente los argumentos apologéticos o teológicos que los cristianos podamos elaborar para tratar de convencerlos, empleando un lenguaje meramente racional.

Como los griegos que Pablo abordó en el Areópago, esta cultura conoce de tantos dioses y religiones que le resulta difícil concluir que sólo uno de ellos pueda representar la verdad absoluta. Nuestros argumentos más sofisticados rebotan y caen al suelo, inermes ante ese poderoso armazón crítico que acoraza a la mente contemporánea. La única diferencia es que en la cultura grecorromana esa sofisticación intelectual probablemente estaba limitada a los filósofos y la gente altamente educada, mientras que en nuestro tiempo el hombre común está cada vez más poseído de ese mismo espíritu crítico e impenetrable por medio de su exposición continua a toda la información que obtiene a través de los medios de comunicación.

UN MUNDO MULTICULTURAL

Vivimos en un mundo profundamente multicultural. Estamos expuestos continuamente a una inmensa diversidad de modelos culturales y espirituales, y la comparación incesante entre éstos es el orden del día. Nos codeamos y establecemos relaciones continuamente con gente que representa maneras radicalmente diferentes a la nuestra de conjugar los problemas morales y espirituales de la vida. En países como Estados Unidos, sin salir de nuestros propios vecindarios, tenemos fácil acceso a restaurantes, templos y tiendas que representan culturas y religiones de todas partes del mundo.

En la pequeña ciudad en que yo vivo, por ejemplo, si mi esposa y yo queremos salir a cenar tenemos un vasto repertorio de las cocinas del mundo del cual podemos escoger: Los intensos curries de Tailandia o de la India; la carnal feijoada de los brasileños; las fajitas híbridas de la comida Tex-Mex; la inescrutable mezcla que es una sopa agri-picante china; el agresivo chimichurri de un restaurante argentino; el arroz con gandules y el mofongo incrustado de pedacitos de chicharrón de cerdo de la comida caribeña. Todo esto, sin tener que abandonar los límites de una comunidad de sólo unos cuantos miles de habitantes.

Los domingos, cuando me dirijo hacia mi iglesia para adorar y predicarle a la gente de mi congregación, frecuentemente paso por un templo islámico, una sinagoga judía, y la sede mundial de los científicos cristianos. Aun a mi mente ministerial, saturada por los principios bíblicos y los reclamos exclusivos de Jesús, le resulta retadora la idea de que esa linda familia que paso camino a la iglesia el domingo por la mañana—el esposo tan digno y exótico con su turbante y su barba cuidadosamente cortada, ella tan femenina y maternal, transmitiéndole feminidad a través de la conexión de las manos a su hijita impecablemente vestida—se dirige irremisiblemente hacia el infierno si no rechaza a Mahoma o a Buda, y recibe a Jesús como Salvador.

Esa familiaridad y compenetración cotidiana con la diversidad de culturas, religiones y cosmovisiones que hay en el mundo hace que mucha gente en nuestro tiempo mire con profundo escepticismo y hasta resentimiento a cualquiera que pretenda estar en posesión de la verdad absoluta. Los músculos críticos del hombre moderno se han estirado a fuerza de ser tan expuestos constantemente a tanta diversidad espiritual y cultural. Resulta más fácil que nunca aceptar la idea de que cada religión es simplemente una manera diferente de empacar la verdad absoluta y que, efectivamente, todos los caminos conducen a Roma. Un cristianismo meramente doctrinal y religioso, parado humildemente en la larga cola de las religiones del mundo, esperando a que alguien lo escoja porque sí, jamás conseguirá hacer mella en la mentalidad multicultural y pluralista que fundamenta a la cultura postmoderna.

UN LLAMADO INELUDIBLE A LA ACCIÓN SOCIAL

Por otra parte, enfocando más específicamente a la comunidad hispana en Estados Unidos, las necesidades humanas de nuestro pueblo son tan numerosas y fundamentales, que se requiere un concepto del ministerio muy maduro, robusto y complejo para que la Iglesia pueda dirigirse efectivamente a lo que este requiere para su salud social y espiritual. No solamente requerimos de un evangelio que ofrezca más que argumentos intelectuales o una experiencia meramente religiosa y formal para alcanzar las masas desorientadas pero escépticas que habitan nuestras ciudades, sino que además necesitamos dar a luz una Iglesia hispana que simultáneamente tenga la disposición y sea capaz de dirigirse efectivamente a las necesidades sociales y materiales de nuestro pueblo.

Son demasiados los retos que confronta nuestra gente en este país. En ocasiones, cuando considero las múltiples necesidades de los feligreses de mi congregación, experimento un sentido de impotencia similar al de los discípulos cuando Jesús ordena que le den ellos de comer a la multitud hambrienta y desorientada que tienen por delante al final de un largo día de ministerio. Con incredulidad y temor ellos exclaman: “¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer”? (Mr 6: 37).

Nuestros jóvenes se encuentran culturalmente desorientados, inseguros de su identidad. No saben si son hispanos, afro-americanos, o una mezcla indefinida de ambos. El continuo consumo de todo el veneno espiritual que transmiten los medios de comunicación, frecuentemente los mantiene embotados mental y espiritualmente, inaccesibles a nuestros inútiles esfuerzos por establecer comunicación y extenderles nuestros valores. Multitudes de madres solteras llegan a nuestras iglesias temerosas e impotentes, arrastrando de la mano a sus hijos adolescentes, buscando que la Iglesia haga el trabajo de educación moral y ética que ellas no han podido efectuar. Como los discípulos ante el muchacho endemoniado traído por su padre para ser liberado, en la mayoría de las ocasiones la Iglesia se esfuerza impotentemente por ministrarle a esa juventud desorientada, mientras la ve sumirse cada vez más en las profundidades de la disfuncionalidad y la torpeza espiritual.

De igual manera, las necesidades de la familia hispana en general en esta sociedad son cada vez mayores. El alto costo de la vida frecuentemente impone una rutina de trabajo agotadora para ambos padres en el hogar. Las presiones debilitantes de la vida urbana; la desorientación cultural que experimenta el inmigrante en este país; las infranqueables distancias culturales y lingüísticas entre padres e hijos—todo esto ejerce una influencia desestabilizadora sobre la familia latina y contribuye al desmoronamiento paulatino de nuestra comunidad.

Hay muchos otros gigantes que confrontan diariamente a nuestro pueblo: una alta tasa de desempleo; los más bajos niveles de pobreza en Estados Unidos; disfuncionalidad matrimonial extrema; el bajo desempeño académico de nuestros jóvenes; altos niveles de SIDA, drogadicción y embarazo juvenil. Frente a estos y muchos otros retos similares, la Iglesia de Jesucristo se ve obligada a ofrecer más que meras oraciones piadosas y sermones superficiales. Se requiere una comunidad de fe vigorosa, iluminada con sabiduría divina, involucrada íntimamente en los dramas que vive nuestra comunidad, capaz de ministrar efectivamente no sólo al espíritu, sino también a la mente, el alma y el cuerpo.

EVANGELIZANDO SISTEMAS Y NO SÓLO INDIVIDUOS

Además, es necesario que la Iglesia hispana sea capaz de dirigirse en forma abarcadora, no solamente a las necesidades del individuo, sino también que sea una buena e iluminadora voz en los debates que afectan a los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales que rigen a nuestra comunidad. El evangelio del Reino establece su sombra regidora tanto sobre el individuo como sobre las instituciones, culturas y sistemas de pensamiento que fundamentan la vida humana. La obra redentora de Cristo es tanto individual como colectiva, personal como institucional. Si nos limitamos a un solo plano en nuestros esfuerzos evangelizadores, empobrecemos el alcance del Reino, y tronchamos artificialmente el proyecto redentor de Dios.

El mandato de Jesucristo es “Id, y haced discípulos a todas las naciones... enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado” (Mt 28:18). En otras palabras, el propósito de Jesús es que no sólo almas sean salvadas, sino que naciones y pueblos, razas enteras, sean redimidas y sometidas a la influencia regeneradora de la Palabra de Dios. Jesús vino a salvar personas, pero también tiene el firme propósito de redimir familias, ciudades, gobiernos, culturas y naciones enteras. El Espíritu de Dios no descansará hasta que esa visión totalmente abarcadora del Reino llegue a su plena realización. Como declara el apóstol Pablo en Romanos 11:36, “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas”. Dios tiene un plan muy específico para la redención del cosmos. En ese plan, todo está minuciosamente previsto y coordinado. Pablo lo describe así en I Corintios 15: 22:

“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el Reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia…Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos”.

El Señor proclamó en ese mismo pasaje de la Gran Comisión: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”. El evangelio de Jesucristo y sus reclamos de señorío cubre los trescientos sesenta grados de la realidad humana, y no sólo lo que estrechamente definimos como “espiritual”. Se requiere una Iglesia igualmente capaz de diseminar y establecer esa influencia benévola de vida que Cristo ofrece sobre todas las dimensiones de la realidad humana.

UNA CONCEPCIÓN ABARCADORA DEL MINISTERIO

Como podemos ver, para poder dirigirse efectivamente a las necesidades actuales de nuestro pueblo inmigrante, la Iglesia latina en este país necesitará integrar dentro de sí modalidades de ministerio y teologías pastorales que hasta ahora han existido mayormente separadas la una de la otra. Es absolutamente importante que la Iglesia hispana en esta sociedad encuentre la manera de ampliar su concepción del ministerio para incluir no solamente la salvación de las almas y la preocupación por los asuntos espirituales y eternos, sino también el atender a las necesidades materiales de la comunidad, y dirigirse hacia la transformación de todos los aspectos de la vida humana.

Dada la inmensa autoridad moral y espiritual que posee, la Iglesia no puede evadir su llamado profético a confrontar todo aquello que impide que los seres humanos alcancen la plenitud de vida que Dios les tiene destinada. Siguiendo el modelo de su Señor, la tarea de la Iglesia es hacer el bien, y deshacer las obras del diablo en cualquier forma o ámbito en que estas se manifiesten (I Jn 3:8).

Comentarios

 
 

Muchas gracias por los sermones enviados desde su congregación, estoy muy feliz por ellos, pues es gratificante compartir las experiencias de los miembros de su rebaño, así mismo agradecerles porque me ayuda a crecer en el Señor. BENDICIONES

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