Una vida transformada

A propósito de Iglesia del Siglo 21

Parte 9 - [1 de febrero 2009] Manuel Uriarte nació en Perú y emigró a Estados Unidos a los treinta y cinco años de edad. Llegó como tantos otros hispanos al aeropuerto de Miami, con un pasaje de ida y vuelta, comprado así para que inmigración no se diera cuenta de que no tenía la menor intención de regresar a su país por mucho tiempo una vez que saliera del aeropuerto. Se estableció primero en Los Ángeles, pero después de un tiempo de no conseguir trabajo, se movió a Boston, a sugerencia de un amigo que vivía allá y que le dio hospedaje por unos días cuando llegó en lo que se establecía.

Poco tiempo después, se encontró lavando platos en un restaurante del North End, el barrio italiano de Boston. Curiosamente, aunque el restaurante era bien conocido en la ciudad por su excelente comida italiana, todos los cocineros eran salvadoreños, así como casi todos los meseros. Los dueños, italianos de tercera generación, se preocupaban mucho de que el personal hablara español lo menos posible durante horas de trabajo, para que los clientes no se dieran cuenta de que la excelente salsa marinara que fundamentaba la reputación del restaurante reflejaba la sensibilidad culinaria salvadoreña más que la italiana. Consiguió alojamiento con un compañero colombiano que trabajaba con él en el restaurante, y así se unió a otros tres hombres que compartían un pequeño apartamento de dos dormitorios, cada uno de un diferente país de Latinoamérica; todos como él, separados de sus familiares, y buscando ahorrar dinero para un mítico día regresar a su país y abrir un negocito, o comprarse una casa y un carro, o conseguirse una bella esposa y comenzar una familia con una buena base económica.

DESCENSO HACIA LA OSCURIDAD

Con el paso de los meses, el desgaste de una vida desarraigada, sin los alicientes de familia y amigos de la niñez, fue minando su fortaleza emocional. Le hacían falta los dos hijos pequeños que había dejado en su país, productos de una unión fallida que hacía tiempo se había desmoronado. Extrañaba el rico ceviche de las fondas de su vecindario, el acento infantil de los indígenas en el mercado de su pueblo, el coqueteo ritual con amigas de escuela superior. Le hacía falta ese vago sentido de seguridad y pertenencia que le daba el mirar casualmente los rostros y gestos de los extraños alrededor de él y saber que reflejaban sus propias facciones y ademanes. Se sentía desubicado en un ambiente foráneo donde el frío comenzaba predeciblemente a morder en octubre, donde la gente en la calle eran verdaderos extraños, siempre mirándolo con una expresión totalmente desinteresada e indiferente, como si fuera transparente y miraran a través de él cuando se cruzaban.

Poco a poco fue encontrando más alivio para su vacío existencial en el alcohol, hasta que un día se encontró profundamente deprimido, alcoholizado, sin trabajo ni vivienda, pidiéndole a un amigo que lo dejara dormir en el sofá de la sala hasta que pudiera estabilizarse. Perdió rápidamente la confianza que tanto lo había ayudado en el pasado cuando emprendía nuevas aventuras. Se le cerraron todas las puertas de trabajo, y una fría tarde se encontró en una línea de hombres desubicados como él, esperando un autobús que lo llevara a Long Island, una pequeña isla en las afueras de Boston, para pasar la noche en un inmenso refugio para deambulantes.

Gradualmente le fue perdiendo el miedo a ese estilo de vida, y aprendió a sobrevivir en la selva de los destituidos. Durante el día daba vueltas por las calles de Boston como todos los demás deambulantes, que vomitaban los refugios de la ciudad al amanecer. En la tarde, se apresuraba para tomar su lugar en la línea de hombres deshechos y tristes, algunos oscilando entre la locura y la lucidez, otros violentos y corruptos, que habrían de ser transportados para pasar la noche en el refugio de la isla. Mientras dormía, tenía que aferrarse a cualquier cosa de valor que poseía para impedir que alguno de sus compañeros se lo robara durante la noche.

Así pasó varias semanas, hasta que un día pudo conseguir alojamiento en Kingston House, un hogar de rehabilitación cristiano para personas alcohólicas o drogadictas. Allí tuvo por primera vez un encuentro personal con Jesucristo como Salvador, y poco tiempo después comenzó a asistir a Congregación León de Judá, referido por uno de los compañeros de la casa. La primera vez, asistió un domingo con un amigo de la institución. Le gustó la pasión y entusiasmo con que la gente cantaba. Los músicos y los cantantes eran excelentes, y la atmósfera estaba cargada con una extraña energía que invadió todo su ser y le hizo sentir por primera vez en muchos años que todavía había esperanza para él.

Determinó inmediatamente seguir asistiendo, y poco tiempo después se unió al grupo Lázaro, una comunidad de hombres de la iglesia que se reunían todos los sábados para discutir sus problemas de adicción a la luz de su fe cristiana. Allí conoció al pastor Gregory, un joven anglosajón que lo sorprendió el primer día con un español impecable y una calidez humana que hasta entonces había pensado sólo existía entre los latinos. Entabló amistad también con el pastor Samuel Acevedo, un joven abogado puertorriqueño que había dejado su carrera unos años atrás para entrar al ministerio y dirigir uno de los programas de servicio social de la iglesia.

El apoyo que recibió en Kingston House, las reuniones intensivas de los sábados, las profundas conversaciones que compartió con los pastores Samuel y Gregory, los cultos de los domingos en León de Judá—todo esto fue como alimento para su alma, hambrienta de nutrición espiritual desde su niñez sin él saberlo. Varias veces durante los servicios rodaron lágrimas por sus mejillas, algo que no había sucedido durante muchos años, y sintió un profundo alivio, como si se desprendieran de su ser escamas tóxicas que lo habían sofocado e impedido que su ser interior pudiera respirar y renovarse. Pudo comprender por primera vez cuánta tristeza los fracasos y dolores de los años habían ido depositando en su alma, dejando un oscuro sedimento que había penetrado por todo su ser.

RESURRECCIÓN A COLORES

De ese proceso de liberación espiritual y emocional fue surgiendo algo maravilloso y totalmente inesperado. Comenzó a tomar unas clases de pintura que ofrecían en Kingston House, y descubrió un talento que jamás sospechó tenía dentro de él. Con asombrosa rapidez adquirió soltura y confianza en la pintura de acuarelas, y comenzó a producir cuadros con pintorescas escenas urbanas—el majestuoso río Charles que corre a través de toda la ciudad como una cinta divisora, separando a Boston de Cambridge; los graciosos rascacielos del Downtown; las tiendas exclusivas de Newbury Street, con su delicada arquitectura del siglo diecinueve. Kingston House incorporó un par de sus pinturas en un calendario publicitario. El famoso hospital Brigham and Women retuvo algunos de sus cuadros para una exhibición. Logró vender varias de sus obras tanto a gente de la congregación como en otros lugares.

La sanidad interior que había experimentado estaba brotando en una primavera de figuras y colores, reprimida durante muchos años. Un domingo, el pastor mencionó en uno de sus sermones las palabras de Jesús: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. Sintió claramente que el agua de vida que Cristo le había dado había comenzado a saltar dentro de él, y que estaba salpicando el mundo con los colores de su pintura.

Meses después Dios comenzó a hablarle que tenía que regresar a Perú y reconectarse con los hijos que había abandonado para venir a Estados Unidos. Al principio, resistió la idea, pero poco a poco fue dándole albergue en su interior y sometiéndose a ella. Vendió rápidamente todos los cuadros que pudo y con el dinero acumulado obtuvo el pasaje de regreso, que cuando llegó a Miami no pensó comprar por muchos, muchos años. ¡Se dirigió de nuevo hacia su país! Había cosas que enmendar— jóvenes que cubrir con el calor de un padre, y una paternidad tronchada que ahora se sentía capaz de desempeñar adecuadamente por primera vez. Sabía que no sería fácil ajustarse a los retos que presentaba la vida en su país. Pero ahora tenía una fuente de agua viva dentro de él que no tenía dudas habría de fortalecerlo en cualquier prueba que pudiera encontrar en el camino.

Comentarios

 
 

BENDICIONES COMO PUEDO HACER PARA PASAR LAS PREDICAS AL MP4
YA QUE NO TENGO OTRO TIEMPO PARA ESCUCHARLAS, Y LAS MISMAS
QUISIERA QUE LAS ESCUCHEN LOS HERMANOS DE LA UNIDAD 35 DE MAGDALENA
YA QUE SOY EL ENCARGADO DETRASMITIRLES LAS BUENAS NUEVA A ELLOS
ESTOY SEGURO QUE SERIA DE GRAN BENDICION,

 
 

me es grato comunicarme con este ministerio que dios ha levantado para su gloria , ¡alabado sea el señor! lei este testimonio y me emocione tanto que le di gracias a dios por todo lo que el hase en muchas vidas gracias a dios por todo .amen

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