HERMANA BETSY: Quizá seré el único varón que se identifique con su mensaje-testimonio; pero si alguna hermana o hermano quiere comentar lo que aquí diré, amén.
Querida hermana, no la conozco, pero lo que Dios ha permitido que le suceda me hace identificarme con esa situación. He llorado por su testimonio, no lo niego; pero no porque yo haya sido víctima de una situación similar, no, en mi caso yo he sido el victimario.
En su caso se trató de una carta que encontró en poder de su esposo, quien resultó no serlo; en mi caso se trató de unos negativos de película fotográfica que no sé ni cómo pero entre mis pertenencias llegó hasta mi casa.
En su caso fueron sus cañadas, quienes le aconsejaron sacarle copia a la carta, no obstante el amor que tenían para su hermano; en mi caso fueron mis propios hijos de tan sólo once y doce años de edad quienes, no obstante me amaban, advirtieron a su madre (mi esposa) que revelara los negativos porque para ellos era yo quien aparecía, y no estaban equivocados.
En su carta, hermana, usted descubrió que era víctima de bigamia; con las fotografías que mi esposa reveló ella descubrió que era víctima de adulterio. Lo más grave para mí, y aquí lloro nuevamente, es que para mis hijos, el tipo de la película que era yó, se convirtió en el villano, pues la fotografías reflejaban a un esposo, a un padre, en situaciones delicadas con otra mujer y eso, aun cuando traté de enmendarlo, humanamente no lo logré, ni mi esposa lo superó. Eso solo fue posible con la sangre del Señor Jesucrito, porque ella sí limpia todo pecado, todo mal recuerdo, toda angustia, sana toda herida por muy profunda que sea.
Cuando tal descubrimiento ocurrió teníamos al último y tercer hijo de tan solo tres meses de edad, toda mi adoración, pero vea lo que le causé: por los problemas que mi esposa atravesaba la leche materna le afectó; le hizo mal digestión, casi muere y eso me hace llorar nuevamente. Pero aquí viene la grande misoricordia del señor Jesucristo, ese niño se recuperó y sin haber un cristiano en el hogar él fue de la idea de asistir a una escuela dominical y por su medio mi esposa asistió a la iglesia y se convirtió al señor Jesucristo, posteriormente lo hice yo.
Hermana, hermanas, nosotros, los hombres, los esposos, fallamos; pero el Señor Jesucristo no falla. Él sabe en qué momento ha de solucionar todo problema que pueda estar pasando en los hogares, en nuestrtas vidas; lo que queda es tener fe y paciencia, poniendo todo en las manos de Dios.
Ahora mi hijo mayor tiene 22 años y está allí cerca de ustedes, en Boston Chelsea. Espero un día, el Señor me permita viajar desde acá El Salvador, para poderlos visitar y saludar personalmente. Dios los bendiga hermanos y hermanas. Amén.

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